El cuentakilómetros echa a correrEl martes 19 de agosto iba a ser mi último día en la capital de Sudá¡frica así que esa tarde quedé con Olga para salir a cenar, recoger la documentación que aún tenía en su casa y despedirnos. Regresé temprano al Blue Chilli donde la moto, esperada con acumuladas ansias por la afición, fue recibida en plan Bienvenido Mr. Marshall, mas por suerte para ella, de naturaleza recatada, pocos agasajos iba a poder recibir ya que bien de mañana pretendíamos ponernos en camino. Los días de confinamiento en Pretoria habían servido para dar forma y rumbo al viaje: puesto que el 3 de octubre deberían aterrizar en Johannesburgo Miriam y Lola, así como Sebi un par de semanas más tarde en Durban para recorrer juntos Lesotho, la parte oriental de Sudáfrica y Swazilandia, tal y como habia sido acordado en sesión plenaria tras el preceptivo visionado de documentales en el domicilio de la primera en Villalba, de momento tendría que encargarme yo solo del otro extremo, Botswana, Namibia y la parte occidental de Sudáfrica. Pero la cosa no podía resultar tan fácil, la maldición de la Meca de la Motocicleta había de perseguirnos a mi moto y a mí incluso tras nuestra primera noche de casados. La pobre se puso en marcha después de recibir más patadas que un balón en el patio de un colegio y a los pocos minutos me dejó tirado en la calle Church, arteria principal de Pretoria a la que cruza de este a oeste. Cuando confiabamos haber perdido de vista para siempre a los de la Meca de la Motocicleta, mi moto y yo nos vimos montados en una camioneta camino de aquel endemoniado agujero negro del motociclismo cósmico. Los ¾ de depósito con que afirmaron entregarme la moto resultaron ser finalmente tres raquíticos cuartos de litro. Aliviado al menos por la cercanía de la solución, que se encontraba en la misma calle en la gasolinera situada dos manzanas más alante, puse neumáticos en polvorosa con la esperanza de no tener que volver a ver a aquella recua de incompetentes y tras llenar por vez primera el depósito de mi moto enfilé la secundaria R563 para alejarme de allá hacia el oeste, siempre hacia el oeste.
Durante los primeros kilómetros nos vamos conociendo, tengo que cuidarla, no debo darle caña hasta que cumpla sus primeros 1.500 kilómetros, evitar una velocidad constante acelerando y decelerando continuamente para que motor y maquinaria vayan adquiriendo elasticidad sin quedarse "vagos". Semejantes restricciones convierten en un suicidio el hecho de poner una sola rueda sobre alguna de las autopistas que hasta el momento he visto; otras tierras he visitado en las que se conduce por el lado izquierdo, pero en ninguna tan desordenada y alocadamente como lo hacen aquí. Tampoco tenemos prisa, así que a lo Resines, huiremos por carreteras secundarias.
El primer día de travesía en África se marchó tranquilamente, a una media de 50 km./h., disfrutando de las vistas mientras dejaba atrás las colinas preñadas de tesoros que rodean Pretoria y Johannesburgo para transitar por la gran llanura de cientos de kilómetros que desde allí se extiende hasta el Kalahari. Resposté a la entrada de Lichtenburg justo en el momento en que el sol se escondía. La oscuridad se me echó encima mientras trataba de encontrar un inexistente lugar de acampada, pero así tuve la oportunidad de constatar dos hechos: la amabilidad de las gentes y la ceguera de mi moto. Un coche de policía me abrió paso desde la comisaría de este pueblo hasta su escondidísima reserva natural situada unos 5 kilómetros hacia el norte y en cuya recepción, junto a un jabalí africano que según me contaría luego vivió con ellos en aquel complejo hasta que murió prematruramente, me recibió un inmenso y afable afrikaaner que se presentó chistosamente como Arnold y me alojó en una de las cabañas por el precio de la acampada. Yo sabía por mis mapas que cada población, incluso las siquiera medianas como ésta, tenía en sus inmediaciones una reserva natural donde ir a disfrutar de la naturaleza y es que la vida campestre está muy arraigada hasta en los habitantes de las ciudades grandes, los blancos especialmente, herencia de los colonos invasores de origen holandés (afrikaaners) muy apegados a la tierra y a la biblia, dentro de la mejor tradición calvinista. Dormir sobre mullido después de los primeros trescientos kilómetros era el final perfecto para un buen comienzo.
Bien temprano vuelvo al pueblo antes de seguir camino para recargar cuerpo y máquina: gasolina, agua, billtong y a modo de desayuno una inmensa tortilla con verduras. Así pertrechado decido probarme durante la primera hora por los caminos de tierra que se alejan de Lichtenburg, tras los que espera la segunda ración de más de doscientos kilómetros de asfaltadas rectas sin fin en las que la mayoría de los escasos vehículos con los que me encuentro son camiones enormes que rompen la monotonía cuando, al cruzarse conmigo, hacen tambalearse fuertemente a mi ligera montura. Cada cierto rato aparecen caminos de arena que se alejan de la carretera hacia alguna remota granja donde vivirá una numerosa familia de granjeros (Boers) afrikaaner. Al caer el sol mi moto circula ya por la calle central, que no es otra cosa que la misma carretera, de Vryburg. Intento de nuevo encontrar el camino hacia la reserva natural vecina pero me vuelvo a equivocar, ¡qué será de mi allá en el desierto! Cuando me he alejado lo suficiente por el camino equivocado decido regresar al pueblo y paro a preguntar en una panadería cuyo dueño resulta ser un griego de unos 50 años que vino cuando niño a Sudáfrica. Más involucrado que un funcionario de una oficina turística me informa de que no existe allí ningún sitio para acampar, pero que puedo pasar la noche en Tiger Kloof, un colegio situado a unos 10 kilómetros por el camino que yo había tomado. Dice conocer a la guardesa, sin más preguntar agarra su móvil y con un par de llamadas avisa de que voy de camino y me apremia a fin de evitar la inminente oscuridad. Le doy mil gracias y unas monedas a cambio de una botella de agua y un apretón de manos. Tres o cuatro kilómetros más tarde, ya en la penumbra, la moto se queja, traquetea durante un par de segundos y con algo que me suena a estertor termina por pararse. Puedo sentir el calor de su motor en mis gemelos y pienso que es mejor no intentar arrancarla, un calentón tan prematuro podría ser una sentencia de muerte para un motor con medio millar de kilómetros de edad. Decido empujar la moto y hacer algo de ejercicio en el único repecho que debe haber en la provincia y que me hace sudar especialmente cuando me toca sacar la moto del asfalto cada vez que aparecen un par de faros en la lejanía. Al coronar aquella rampa se extiende ante mi en medio de la oscuridad una larga recta sin indicio alguno de vida humana. Cansado y queriendo percibir el motor algo más templado cruzo los dedos, saco la palanca de arranque, la piso con fuerza y la moto arranca sin quejarse a la primera. A la altura de las primeras luces abandono la carretera pero la vía del tren que se interpone me impide llegar hasta ellas durante un rato que me parece excesivo y toca una vez más volver sobre mis huellas para encontrar el paso y unos metros más allá la verja del colegio. La guardesa, una mujer simpática y rechoncha, me hospeda en una de las habitaciones destinadas a las visitas y así vuelvo a dormir sobre mullido, un gran final para lo que podían ser los pródromos de un desastre temprano y fatal.
Por la mañana lo primero es inspeccionar la moto y para mi sorpresa y alivio encuentro que el depósito del aceite de 2 tiempos se encuentra vacío ¡se ha bebido un litro en 500 kilómetros! Me relajo y doy una vuelta por el colegio cuyos alumnos son todos negros. El profesor de educación física, un holandés que vino a trabajar un curso, se casó con una profesora sudafricana y se quedó, me cuenta que estos bonitos edificios de piedra en medio de la llanura fueron una misión inglesa y hoy son un colegio financiado con subvenciones y donaciones, muchas del extranjero, para educar a los que tienen menos. Las instalaciones son espectaculares: biblioteca, laboratorios, sala de informá¡tica,...Otros profes me preguntan por mi viaje y una de ellas, que termina siendo la esposa de mi anfitrión holandés, me invita a entrar en su clase para ver con los chicos la segunda parte de "Amandla", un documental acerca del papel que jugó la música tradicional en la lucha contra el apartheid. Finalizada la clase me lleva a la sala de profesores para tomar el tentempié de media mañana, un té y sandwiches que fueron mi desayuno y para ellos la señal del hambre que traía. Cuando los profesores se dirigen a sus quehaceres la estancia se queda vacía, devoro los sandwiches sobrantes y al salir de allí me topo con una pareja de jóvenes rubísimos que resultan ser estudiantes holandeses de educación física en prácticas. Tienen lo que queda de mañana libre y les van a llevar a la ciudad a hacer unas compras. Mientras les ayudo a vaciar la furgoneta que les ha de transportar y que acaba de llegar del pueblo cargada con provisiones para un ejército de 400 alumnos, les pregunto si les podría acompañar en busca de aceite para mi moto. No les importa en absoluto pero me recomiendan que hable con el encargado de mantenimiento si no quiero perder la mañana entera por si este tuviera aceite para motores de dos tiempos. De hoy en adelante tendré a los colegios por santuarios, no sólo por cuidar del espíritu, sino también del cuerpo y hasta de las motos errantes.
A mediodia mi moto y yo estamos camino de otra misión, la del reverendo Moffat en Kuruman, la última población mediana antes de abandonar Sudáfrica y el lugar en el que Livingstone conoció, poco despuéss de desembarcar en este continente por primera vez, a su esposa Mary, hija del citado pastor protestante. Mas quiso esta vez mi propia ceguera que una vez pasado Kuruman empezaran otra vez a caer los kilómetros sin señal alguna de dicha misión, de modo que, luchando contra mi habitual celo turístico-histórico, terminase por no desandar el camino y llegar hasta Hotazel, 60 kilómetros al norte. Esta pequeña población cuyo nombre sus habitantes se complacen en pronunciar socarronamente como "hot as hell" resultó albergar las minas de manganeso más importantes del mundo, produciendo el 90% del mismo que consumimos en nuestro planeta y siendo el hormiguero del que surgían los cientos de camiones que a partir de entonces dejé de cruzarme en la carretera. El pueblo, que dependía absolutamente de esta actividad minera, no tenía lugar de acampada y de sus tres casas con hospedaje sólo en una quedaba hueco para mí. Un vecino me acercó en su propia camioneta hasta ésta, que contaba además con un bar en su salón y un jardín en el que bebían congregados algunos parroquianos, todos empleados en la mina y dando comienzo a su fin de semana. Se empeñaron en invitarme, pero todo lo que consiguieron fue que diera cuenta de un par de vasos de zumo, dejando a sus ojos el pabellón español bien bajo. Se marchaba suavemente la tarde entre charla y tragos, la historia de mi viaje, mis preguntas sobre la mina. Lentamente se iba acercando la hora de la cena y como buenos afrikaaners cada cual se iba marchando al braai al que hubiera sido convocado cuando Dani y Nico, un par de amigos veinteañeros, me invitaron a que les acompañara a la suya que tenía lugar en el clásico hogar afrikaaner, con sus todoterrenos, sus quads, sus rifles y sus trofeos de caza, el último de ellos obra del hijo de 9 años que acababa de erigirse en cazador tras engullir un pedazo crudo del hígado y embadurnarse el rostro con la sangre de su pieza. Dani es un tío muy social al que le encanta hablar con todo el mundo y después del braai toca salir a tomarse unas copas. Aquí salir consiste en coger la camioneta 4 x 4 y acercarse hasta los pueblos de al lado, a 40 kilómetros. Ya de noche comprueban que no sólo de zumo vive el macho español y caen una Jägermeister bomb, dos springboks (chupitos de Amarula con menta, mis favoritos) y otras delicias autóctonas. En los pubs suena sin parar una especie de country popero cantado en afrikaans que se baila agarrado en posición de pasodoble y siguiendo en procesión a la pareja de al lado. Dani y Nico me depositan en mi hospedaje a las tres de la mañana y me informan de que en un rato pasan a buscarme para ir a pasar el día al campo. Dicho y hecho, poco después de las siete de la mañana vuelvo a estar sentado en la parte descubierta de la camioneta con esta simpática pareja, volando sobre las pistas de tierra, camino de un día de campo. Al llegar a la finca acordada nos encontramos con las otras gentes convocadas, niños y mayores a los que en su mayoría conocía del dia anterior, así como un par de personas negras que llevan para que corten leña: es lo que tiene el braai diario, que necesitas toneladas de combustible. Nos recogemos pronto porque a las tres de la tarde hay que estar en casa para ver jugar a los springboks contra los australianos en el tres naciones, pero aquí la farra de la noche anterior pasa factura y el deporte nacional español se impone al sudafricano, igual por cierto que harían los australianos ante los locales con el consiguiente berrinche. Dani insiste en que me quede a dormir esa noche en su casa. Vive solo en una casa muy grande que le proporciona la compañía minera. Esa noche acudimos a otra casa donde toca cocinar Potkjie, el otro plato nacional consistente esta vez en poner sobre las brasas un puchero de metal en el que se cocinan ingredientes diversos, ahora rabo de buey con verduras. Exquisito. El festín es continuo y a la mañana siguiente Dani me despierta con el típico desayuno afrikaans: huevos, bacon, boerewoers, tostadas con mantequila queso y mermelada de albaricoque. Nos despedimos con las panzas hinchadas y continúo hacia el norte, camino del puesto fronterizo con Botswana, de la que ya sólo me separan 125 kilómetros por pistas de tierra. Paro a mitad de camino para echar un trago y me doy cuenta de que el atlas de carreteras que compré en Pretoria y que llevaba en mis riñones, entre la tienda de campaña y la caja de las pizzas, ha desertado. Menos mal que aún llevo en la mochila el mapa con el este de Sudáfrica lleno de señales de prohibido que me regalaran Miriam y Lola la noche que nos despedimos entre pollos y sidra en casa Mingo. Cuando estoy consultando el mapa para junto a mí el segundo de los coches con los que me he cruzado en toda la mañana, en él viaja un matrimonio mayor que me pregunta si estoy bien, el hombre se apea y consulta el mapa junto a mí, me pregunta por el viaje y me entrega su tarjeta por si necesito algo. Seguimos cada uno nuestros opuestos caminos y hora y media después estoy en la granja "Springbok" a 5 kilómetros de la frontera, montando por primera vez mi tienda de campaña a las puertas del Kalahari.
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