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Enjaulado en Pretoria

A pesar de aterrizar al alba del jueves 7 de agosto, el día entero se consumió en el intento de encontrarme con Lola. El fin de semana transcurrió igualmente rápido con las visitas a Soweto (acrónimo de South West Township y cuna de los líderes del Congreso Nacional Africano  que lucharon contra el Apatheid como Walter Sisulu o Nelson Mandela) y The Humankind Cradle (la cuna de la humanidad), la madre de todas las Atapuercas. El lunes, Olga, nuestra anfitriona y cooperante de la Agencia Española de Cooperación Internacional, tenía que currar, así que Lola y un servidor habíamos planeado visitar el museo del Apartheid en Johannesburgo, pero una vez más, el día se esfumo entre gestiones varias; ella apañando su vuelta a Mozambique para el día siguiente y yo buscando una novia con un buen par de neumáticos que no anduviese detrás de un braguetazo con algún potentado europeo y estuviese dispuesta a dejarlo todo por echarse a los desiertos y las junglas a cambio de unos pocos euros. Y como siempre hay un roto para un descosido y las flechas de Cupido vuelan hasta los rincones más apartados, aquella mañana en la Meca de la Motocicleta, que así se llamaba el establecimiento en el que aquellos malandrines tenían prisionera a mi rocinanta Dulcinea, fue todo a una el verla, escuchar su precio y saber que terminaría a su grupa. Era una Suzuki tf 125, sí, sí, 125 esqueléticos centímetros cúbicos que habían de llevarme muy lejos de allí. Ella era parca y espartana, nada potente, con motor de dos tiempos, un modelo diseñado a principios de los setenta para los desplazamientos de granjeros y ganaderos por los campos que por no tener no tenía ni cuenta revoluciones, ni indicador del nivel de gasolina. Pero qué queréis, el amor es así, nada ciego: su precioso aire retro de scrambler, como esas Montesas que se veían por los pueblos de España en los tiempos de Naranjito, me entró enseguida por los ojos. Para aquellos a los que esto les suena a chino, mi montura es de las que se arranca sacando una palanca a la que hay que pegar una fuerte coz: contad a partir de ahora las que veais así, os doy diez euros por cada una. Lola actuó como testigo de nuestro compromiso y prometí volver al día siguiente con toda mi documentación para formalizar el enlace y que, pasados unos tres días necesarios para inscripciones y burocracias varias, me fuera entregada con una caja metálica instalada detrás del asiento, como esas que llevan los repartidores a domicilio, en la que pensaba transportar mi equipaje. Nada que ver pues con esas BMW GS 1200 que aquí se ven  por todas partes, auténticas valquirias con un motor 10 veces más potente y un depósito de combustible tres veces mayor que te exime de andar cargando con bidones externos, entre otros pequeños detalles. Yo, infiel como soy por naturaleza, miro a estas últimas, aún no de reojo, con lascivia, fantaseando con montar algún día una máquina con semejantes atributos. Pero no por ello dejo de estar enamorado hasta las patas de mi pequeña geisha, ya que pobre uno se consuela queriendo creerse un romántico.

 

Las jornadas siguientes las dediqué a recorrer Pretoria en busca del equipo necesario. En la ciudad de las jacarandas, que estallan de color violeta en octubre, cuando a este hemisferio llega la primavera, fui recopilando un bidón metálico de 10 litros para transportar gasolina, mapas a pesar de no saber aún  hacia donde apuntar con el manillar, tienda de campaña, alfombra para perros del tamaño exacto del suelo de la anterior que la convertía en una verdadera jaima portátil   (a punto estuve de comprar en un mercadillo una cachimba, pero dadas las carencias de espacio me tuve que conformar con fumarla una noche con dos chicas canadienses que cruzaban África con una a cuestas), saco de dormir,… El trabajo previo a la partida se completó con mi traslado al Blue Chilli, un albergue, en cuyo jardín planté mi jaima para comprobar que, por muy africanas que sean, las noches aquí no dejan de ser frías, y en estos días de invierno se alcanzan temperaturas por debajo de los 0 º C en algunos lugares como el desierto del Kalahari. Aunque soy devoto de la religión del humor, no pienso inmolarme y aparecer congelado en el desierto. La semana iba transcurriendo y mis adquisiciones llegando a su fin. El primer contratiempo aparece ese mismo viernes cuando me comunican de la Meca de la Motocicleta que los papeles de la moto no están listos y que ya no lo podrán estar hasta el lunes siguiente. Como un león enjaulado merodeo otro fin de semana por la ciudad, me corto el pelo, voy al cine (“Bella” y hace honor al nombre), paseo, mando emails, voy a la biblioteca municipal para preparar, aunque sólo sea algo, el viaje, compro boerewors (una salchicha grande que se asa en la parrilla o braai y que es, junto al rugby, el deporte nacional, heredado de los tiempos en que los primeros inmigrantes holandeses o boers –granjeros- se vieron empujados en sus carromatos hacia las tierras del interior por la segunda oleada conquistadora, esta vez ingleses a quienes por razones históricas les interesa más el comercio que la labranza). Los días en el Blue Chilli no están nada mal, aquello es un zoo: Katzuke, un chico japonés que se ha tomado un año para viajar por África y es mi único vecino de acampada en el jardín, lo mismo anda trasteando en su portátil de bolsillo que cocinando algo exótico; Soli, Colin, Serge y Spioson una simpática cuadrilla de currelas de Ciudad del Cabo que se acaban de hacer 1.500 kilómetros de una tacada en su furgoneta para instalar aquí unos paneles solares. El salón, con los juegos olímpicos en la tele encendida casi 24 horas al día es siempre, junto con la cocina de la que no está físicamente separada más que por una barra, el lugar más concurrido. Mi estancia en esta agitada pero apacible torre de babel es muy agradable pero mis ilusiones están puestas en la carretera, como todo converso tardío resulto ser un motero recalcitrante, impaciente por verse montado ya en su burra.

 

Pocos lunes me habrán visto despertarme con tamaña ilusión, tanta que ni desayuno para estar bien pronto en el teléfono público de la gasolinera que hay a un par de manzanas del Blue Chilli. La ilusión se esfuma de un golpe otra vez cuando al otro lado del auricular vuelvo a escuchar una vieja y aburrida canción: los papeles de la moto no están listos todavía, estarán mañana. Hay que ser muy zen en África e intento encajar el golpe estoica y educadamente. En medio del subsiguiente aturdimiento mental decido sin más poner mis pasos rumbo a Johannesburgo para la visita al museo del Apartheid que había quedado pendiente, ahora hace justo una semana, con Lola. Voy con lo puesto y sin mapa, así que tras apearme del taxi-furgoneta en el centro de Jo´burg, echo a andar hacia el sur de la gran ciudad, donde, en algún lugar, se encuentra ese museo. Camino y camino, atravieso descampados y destartalados polígonos industriales, pregunto y vuelvo a preguntar para tropezar como animal bípedo que soy por segunda vez y media con la misma piedra. A pesar de lo apartado del lugar me escama tanta soledad y empiezo a barruntar lo peor, de pronto ¡zas!, el difuso deja – vu se hace carne delante de la verja del museo. Como en Santa Clara, volvía a ser lunes. Siguiendo sus propias escrituras, no sé en que primigenio instante a todos los museos del orbe les dio por descansar al octavo día. Igual que se me escaparon entonces en el centro de Cuba los huesos de Guevara, se me oculta ahora en Sudáfrica el espíritu de Mandela. Los de las compresas deberían hacer anuncios con esos días, muy habituales en mi caso, en los que te sientes tan tú, tan gilipollas, con toda tu estulticia, trabajosamente escondida en el sótano de tu cerebro para que nadie la vea, subiendo para que seas consciente de que sigue allí. En esos días lo mejor es agachar la cabeza y recogerse pronto. De vuelta en el Blue Chilli Katzuke me invita a cenar unas patatas rebozadas que aprendió a cocinar en Kenia, menos mal que entre los trotamundos también nos esperamos en casa.

 

El martes, sin la llamada ritual de por medio, me planto en la Meca de la Motocicleta y cansado ya de que me reciten por enésima vez la misma sudra les digo que no estoy dispuesto a seguir malgastando mi tiempo, actitud ante la que finalmente se avienen a proporcionarme una matrícula temporal, válida para circular por un período máximo de tres meses. Firmo papel tras papel con tal entrega que hubiese firmado hasta mi sentencia de muerte y diez minutos después abandono por fin la maldita Meca de la Motocicleta escuchando el rugido de una trompetilla celestial con forma de tubo de escape.


Posted on 09/01/2008 7:50 AM Visits: 47
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