1ª ENTREGA AFRICANAEl 6 de agosto de 2008, a las 17:30 horas, salía desde Barajas el avión que debía llevarme hasta Johannesburgo, bueno, el primero de los dos que llevando precisamente la dirección opuesta, aterrizaría en Londres para empezar desde ya a hacer kilómetros y ahorrar monedas. El viaje, una tortura como siempre para alguien de 190 centímetros que no conoce ni conocerá la bussiness, tuvo sin embargo nada más empezar un regalo totalmente nuevo. En ese día caluroso, desde su cielo claro vi mi casa, el parque donde paseo al perro de mi tía y la cancha del Spartak de Manoteras con su terracita en la que, con un trina de limón y tapa de chorizo bien picante, me despedí la tarde anterior de Pepe "el calvo", vecino y amigo. Los casi 7 kilos de mochila vienen sobre la cinta a mi encuentro y, antes de zambullirnos en la desconocida pero prevista vorágine que nos espera tras el puesto de aduanas y la puerta de salida, toca parada en el aseo para una cepillada de dientes mañanera y un cambio de asmani chasma, que no es el nombre de ningún diseñador, pero sí como fueron bautizadas mis gafas azul cielo en India, pues no es cuestión de llevar el neón puesto desde el primer minuto del partido. Pertrechado con las lentillas empiezo a entrar en calor y el cansancio se esfuma cuando el tipo del puesto de información turística del aeropuerto me comunica que la única forma de llegar hasta el centro de Johannesburgo, Jo´burg como él y el resto la llaman por aquí, es en taxi, unos 200 rands mediante (20 euros aproximadamente). Es en ese momento cuando me doy cuenta de que ha sonado el silbato, empieza el partido y siento la felicidad del que vuelve a saborear un plato exquisito que hace más tiempo del que hubiera querido no probaba. Aunque aún no hay polvo, ya estoy en el camino. Por lo que se ve, no debo andar muy oxidado. El primer regate es de los buenos, de los que traen toda la fuerza del recién salido de los vestuarios. Decidido echo a andar por la madeja de carreteras que circunda todo aeropuerto que se precie y me topo con un grupo de negros (sí, de negros, no personas de color ni seres humanos con mucha melanina, negros), algunos con bultos, junto a 3 o 4 furgonetas estilo van. Le pregunto a un chico joven con 3 bolsas y me cuenta que estas no me llevan a Jo´burg, pero sí a Kempton, en dirección opuesta otra vez, donde podré montarme en alguna otra hasta mi destino. La furgoneta no tiene nada que envidiar a los autobuses que hacen la ruta Washington - New York, no a los subsidiados y sin embargo caros Greyhound claro está, sino a los baratos e ilegales que fletan los chinos entre las chinatowns de la capital americana y la gran manzana. Vuelta a las apretruras, pero esta vez en un viaje mucho más divertido, ambientado con música autóctona bien alta canturreada por la afición, ah, y unas 40 veces más barato de lo que me hubiera robado el taxista oficial de los guiris. Las monedas y billetes viajan también dentro del viaje, de mano en mano desde los asientos traseros hasta el conductor, de donde parte el cambio para hacer en sentido contrario el mismo recorrido. Mientras bajan unos y suben otros, el tiempo pasa volando, Timu, el chico al que abordé en "la parada", me enseña los libros que lleva en la bolsa de papel y me cuenta que los lee para instruirse por su cuenta; aunque sus ojos no la hayan leído, pienso para mí, seguro que comparte la consigna de aquel cartel, de los cientos que pueblan la isla de Cuba, en la carretera que une La Habana y Santa Clara, "la cultura te hace libre". Cuando llegamos a lo que parece una plantación de furgonetas, al bajar de la nuestra la bolsa de papel termina por ceder y Timu le deja sus cosas a una vendedora de fruta para acompañarme a averiguar cual de las cientos de furgonetas me acercará a Jo´burg. Él es muy agradable y como aún quedan 4 horas hasta que llegue el autobus de Maputo en el que viene mi amiga Lola, decido seguirle en su búsqueda de una bolsa nueva a través de los puestos callejeros y las tiendas de los chinos globoterráqueos. La elegida es una de plástico con el logo de Adidas, adjudicada por 50 rands (entre 4 y 5 euros). Cumplidas las efímeras misiones, nos despedimos a la puerta de mi taxi - furgoneta. Distinta furgoneta pero mismo ritual, billetes y monedas que viajan, gente que sube y baja... Esta vez el viaje termina en una concentración similar de estos omnipresentes vehículos que pitan por doquier a su paso para avisar a los transeuntes y potenciales viajeros, pero ahora más cercana a Johannesburgo y ya puedo divisar los edificios altos del centro de la única gran ciudad que, según el panfleto de la oficina de turismo, no se ha levantado a la orilla de un río, sino que vino a ser por la acumulación de seres humanos llegados para excavar minas en las entrañas de la tierra con más oro, que se sepa, de nuestro planeta. El resto de mi primer día en Sudáfrica transcurrió de quiebro en quiebro, hasta conseguir encontrarme, ya caída la noche, con Lola, cuyo autobús no llegó al punto en el que lo esperé durante casi 6 horas porque, al averiarse antes de abandonar Mozambique, tuvo su pasaje que ser rescatado por un segundo autobús vacío que, al parecer, tomó una ruta alternativa al adentrarse en Egoli, la ciudad del oro.
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Calandraca...te envidio, una envidia grande como "catamaranes"