September 24, 2008El cuentakilómetros echa a correrEl martes 19 de agosto iba a ser mi último día en la capital de Sudá¡frica así que esa tarde quedé con Olga para salir a cenar, recoger la documentación que aún tenía en su casa y despedirnos. Regresé temprano al Blue Chilli donde la moto, esperada con acumuladas ansias por la afición, fue recibida en plan Bienvenido Mr. Marshall, mas por suerte para ella, de naturaleza recatada, pocos agasajos iba a poder recibir ya que bien de mañana pretendíamos ponernos en camino. Los días de confinamiento en Pretoria habían servido para dar forma y rumbo al viaje: puesto que el 3 de octubre deberían aterrizar en Johannesburgo Miriam y Lola, así como Sebi un par de semanas más tarde en Durban para recorrer juntos Lesotho, la parte oriental de Sudáfrica y Swazilandia, tal y como habia sido acordado en sesión plenaria tras el preceptivo visionado de documentales en el domicilio de la primera en Villalba, de momento tendría que encargarme yo solo del otro extremo, Botswana, Namibia y la parte occidental de Sudáfrica. Pero la cosa no podía resultar tan fácil, la maldición de la Meca de la Motocicleta había de perseguirnos a mi moto y a mí incluso tras nuestra primera noche de casados. La pobre se puso en marcha después de recibir más patadas que un balón en el patio de un colegio y a los pocos minutos me dejó tirado en la calle Church, arteria principal de Pretoria a la que cruza de este a oeste. Cuando confiabamos haber perdido de vista para siempre a los de la Meca de la Motocicleta, mi moto y yo nos vimos montados en una camioneta camino de aquel endemoniado agujero negro del motociclismo cósmico. Los ¾ de depósito con que afirmaron entregarme la moto resultaron ser finalmente tres raquíticos cuartos de litro. Aliviado al menos por la cercanía de la solución, que se encontraba en la misma calle en la gasolinera situada dos manzanas más alante, puse neumáticos en polvorosa con la esperanza de no tener que volver a ver a aquella recua de incompetentes y tras llenar por vez primera el depósito de mi moto enfilé la secundaria R563 para alejarme de allá hacia el oeste, siempre hacia el oeste.
Durante los primeros kilómetros nos vamos conociendo, tengo que cuidarla, no debo darle caña hasta que cumpla sus primeros 1.500 kilómetros, evitar una velocidad constante acelerando y decelerando continuamente para que motor y maquinaria vayan adquiriendo elasticidad sin quedarse "vagos". Semejantes restricciones convierten en un suicidio el hecho de poner una sola rueda sobre alguna de las autopistas que hasta el momento he visto; otras tierras he visitado en las que se conduce por el lado izquierdo, pero en ninguna tan desordenada y alocadamente como lo hacen aquí. Tampoco tenemos prisa, así que a lo Resines, huiremos por carreteras secundarias.
El primer día de travesía en África se marchó tranquilamente, a una media de 50 km./h., disfrutando de las vistas mientras dejaba atrás las colinas preñadas de tesoros que rodean Pretoria y Johannesburgo para transitar por la gran llanura de cientos de kilómetros que desde allí se extiende hasta el Kalahari. Resposté a la entrada de Lichtenburg justo en el momento en que el sol se escondía. La oscuridad se me echó encima mientras trataba de encontrar un inexistente lugar de acampada, pero así tuve la oportunidad de constatar dos hechos: la amabilidad de las gentes y la ceguera de mi moto. Un coche de policía me abrió paso desde la comisaría de este pueblo hasta su escondidísima reserva natural situada unos 5 kilómetros hacia el norte y en cuya recepción, junto a un jabalí africano que según me contaría luego vivió con ellos en aquel complejo hasta que murió prematruramente, me recibió un inmenso y afable afrikaaner que se presentó chistosamente como Arnold y me alojó en una de las cabañas por el precio de la acampada. Yo sabía por mis mapas que cada población, incluso las siquiera medianas como ésta, tenía en sus inmediaciones una reserva natural donde ir a disfrutar de la naturaleza y es que la vida campestre está muy arraigada hasta en los habitantes de las ciudades grandes, los blancos especialmente, herencia de los colonos invasores de origen holandés (afrikaaners) muy apegados a la tierra y a la biblia, dentro de la mejor tradición calvinista. Dormir sobre mullido después de los primeros trescientos kilómetros era el final perfecto para un buen comienzo.
Bien temprano vuelvo al pueblo antes de seguir camino para recargar cuerpo y máquina: gasolina, agua, billtong y a modo de desayuno una inmensa tortilla con verduras. Así pertrechado decido probarme durante la primera hora por los caminos de tierra que se alejan de Lichtenburg, tras los que espera la segunda ración de más de doscientos kilómetros de asfaltadas rectas sin fin en las que la mayoría de los escasos vehículos con los que me encuentro son camiones enormes que rompen la monotonía cuando, al cruzarse conmigo, hacen tambalearse fuertemente a mi ligera montura. Cada cierto rato aparecen caminos de arena que se alejan de la carretera hacia alguna remota granja donde vivirá una numerosa familia de granjeros (Boers) afrikaaner. Al caer el sol mi moto circula ya por la calle central, que no es otra cosa que la misma carretera, de Vryburg. Intento de nuevo encontrar el camino hacia la reserva natural vecina pero me vuelvo a equivocar, ¡qué será de mi allá en el desierto! Cuando me he alejado lo suficiente por el camino equivocado decido regresar al pueblo y paro a preguntar en una panadería cuyo dueño resulta ser un griego de unos 50 años que vino cuando niño a Sudáfrica. Más involucrado que un funcionario de una oficina turística me informa de que no existe allí ningún sitio para acampar, pero que puedo pasar la noche en Tiger Kloof, un colegio situado a unos 10 kilómetros por el camino que yo había tomado. Dice conocer a la guardesa, sin más preguntar agarra su móvil y con un par de llamadas avisa de que voy de camino y me apremia a fin de evitar la inminente oscuridad. Le doy mil gracias y unas monedas a cambio de una botella de agua y un apretón de manos. Tres o cuatro kilómetros más tarde, ya en la penumbra, la moto se queja, traquetea durante un par de segundos y con algo que me suena a estertor termina por pararse. Puedo sentir el calor de su motor en mis gemelos y pienso que es mejor no intentar arrancarla, un calentón tan prematuro podría ser una sentencia de muerte para un motor con medio millar de kilómetros de edad. Decido empujar la moto y hacer algo de ejercicio en el único repecho que debe haber en la provincia y que me hace sudar especialmente cuando me toca sacar la moto del asfalto cada vez que aparecen un par de faros en la lejanía. Al coronar aquella rampa se extiende ante mi en medio de la oscuridad una larga recta sin indicio alguno de vida humana. Cansado y queriendo percibir el motor algo más templado cruzo los dedos, saco la palanca de arranque, la piso con fuerza y la moto arranca sin quejarse a la primera. A la altura de las primeras luces abandono la carretera pero la vía del tren que se interpone me impide llegar hasta ellas durante un rato que me parece excesivo y toca una vez más volver sobre mis huellas para encontrar el paso y unos metros más allá la verja del colegio. La guardesa, una mujer simpática y rechoncha, me hospeda en una de las habitaciones destinadas a las visitas y así vuelvo a dormir sobre mullido, un gran final para lo que podían ser los pródromos de un desastre temprano y fatal.
Por la mañana lo primero es inspeccionar la moto y para mi sorpresa y alivio encuentro que el depósito del aceite de 2 tiempos se encuentra vacío ¡se ha bebido un litro en 500 kilómetros! Me relajo y doy una vuelta por el colegio cuyos alumnos son todos negros. El profesor de educación física, un holandés que vino a trabajar un curso, se casó con una profesora sudafricana y se quedó, me cuenta que estos bonitos edificios de piedra en medio de la llanura fueron una misión inglesa y hoy son un colegio financiado con subvenciones y donaciones, muchas del extranjero, para educar a los que tienen menos. Las instalaciones son espectaculares: biblioteca, laboratorios, sala de informá¡tica,...Otros profes me preguntan por mi viaje y una de ellas, que termina siendo la esposa de mi anfitrión holandés, me invita a entrar en su clase para ver con los chicos la segunda parte de "Amandla", un documental acerca del papel que jugó la música tradicional en la lucha contra el apartheid. Finalizada la clase me lleva a la sala de profesores para tomar el tentempié de media mañana, un té y sandwiches que fueron mi desayuno y para ellos la señal del hambre que traía. Cuando los profesores se dirigen a sus quehaceres la estancia se queda vacía, devoro los sandwiches sobrantes y al salir de allí me topo con una pareja de jóvenes rubísimos que resultan ser estudiantes holandeses de educación física en prácticas. Tienen lo que queda de mañana libre y les van a llevar a la ciudad a hacer unas compras. Mientras les ayudo a vaciar la furgoneta que les ha de transportar y que acaba de llegar del pueblo cargada con provisiones para un ejército de 400 alumnos, les pregunto si les podría acompañar en busca de aceite para mi moto. No les importa en absoluto pero me recomiendan que hable con el encargado de mantenimiento si no quiero perder la mañana entera por si este tuviera aceite para motores de dos tiempos. De hoy en adelante tendré a los colegios por santuarios, no sólo por cuidar del espíritu, sino también del cuerpo y hasta de las motos errantes.
A mediodia mi moto y yo estamos camino de otra misión, la del reverendo Moffat en Kuruman, la última población mediana antes de abandonar Sudáfrica y el lugar en el que Livingstone conoció, poco despuéss de desembarcar en este continente por primera vez, a su esposa Mary, hija del citado pastor protestante. Mas quiso esta vez mi propia ceguera que una vez pasado Kuruman empezaran otra vez a caer los kilómetros sin señal alguna de dicha misión, de modo que, luchando contra mi habitual celo turístico-histórico, terminase por no desandar el camino y llegar hasta Hotazel, 60 kilómetros al norte. Esta pequeña población cuyo nombre sus habitantes se complacen en pronunciar socarronamente como "hot as hell" resultó albergar las minas de manganeso más importantes del mundo, produciendo el 90% del mismo que consumimos en nuestro planeta y siendo el hormiguero del que surgían los cientos de camiones que a partir de entonces dejé de cruzarme en la carretera. El pueblo, que dependía absolutamente de esta actividad minera, no tenía lugar de acampada y de sus tres casas con hospedaje sólo en una quedaba hueco para mí. Un vecino me acercó en su propia camioneta hasta ésta, que contaba además con un bar en su salón y un jardín en el que bebían congregados algunos parroquianos, todos empleados en la mina y dando comienzo a su fin de semana. Se empeñaron en invitarme, pero todo lo que consiguieron fue que diera cuenta de un par de vasos de zumo, dejando a sus ojos el pabellón español bien bajo. Se marchaba suavemente la tarde entre charla y tragos, la historia de mi viaje, mis preguntas sobre la mina. Lentamente se iba acercando la hora de la cena y como buenos afrikaaners cada cual se iba marchando al braai al que hubiera sido convocado cuando Dani y Nico, un par de amigos veinteañeros, me invitaron a que les acompañara a la suya que tenía lugar en el clásico hogar afrikaaner, con sus todoterrenos, sus quads, sus rifles y sus trofeos de caza, el último de ellos obra del hijo de 9 años que acababa de erigirse en cazador tras engullir un pedazo crudo del hígado y embadurnarse el rostro con la sangre de su pieza. Dani es un tío muy social al que le encanta hablar con todo el mundo y después del braai toca salir a tomarse unas copas. Aquí salir consiste en coger la camioneta 4 x 4 y acercarse hasta los pueblos de al lado, a 40 kilómetros. Ya de noche comprueban que no sólo de zumo vive el macho español y caen una Jägermeister bomb, dos springboks (chupitos de Amarula con menta, mis favoritos) y otras delicias autóctonas. En los pubs suena sin parar una especie de country popero cantado en afrikaans que se baila agarrado en posición de pasodoble y siguiendo en procesión a la pareja de al lado. Dani y Nico me depositan en mi hospedaje a las tres de la mañana y me informan de que en un rato pasan a buscarme para ir a pasar el día al campo. Dicho y hecho, poco después de las siete de la mañana vuelvo a estar sentado en la parte descubierta de la camioneta con esta simpática pareja, volando sobre las pistas de tierra, camino de un día de campo. Al llegar a la finca acordada nos encontramos con las otras gentes convocadas, niños y mayores a los que en su mayoría conocía del dia anterior, así como un par de personas negras que llevan para que corten leña: es lo que tiene el braai diario, que necesitas toneladas de combustible. Nos recogemos pronto porque a las tres de la tarde hay que estar en casa para ver jugar a los springboks contra los australianos en el tres naciones, pero aquí la farra de la noche anterior pasa factura y el deporte nacional español se impone al sudafricano, igual por cierto que harían los australianos ante los locales con el consiguiente berrinche. Dani insiste en que me quede a dormir esa noche en su casa. Vive solo en una casa muy grande que le proporciona la compañía minera. Esa noche acudimos a otra casa donde toca cocinar Potkjie, el otro plato nacional consistente esta vez en poner sobre las brasas un puchero de metal en el que se cocinan ingredientes diversos, ahora rabo de buey con verduras. Exquisito. El festín es continuo y a la mañana siguiente Dani me despierta con el típico desayuno afrikaans: huevos, bacon, boerewoers, tostadas con mantequila queso y mermelada de albaricoque. Nos despedimos con las panzas hinchadas y continúo hacia el norte, camino del puesto fronterizo con Botswana, de la que ya sólo me separan 125 kilómetros por pistas de tierra. Paro a mitad de camino para echar un trago y me doy cuenta de que el atlas de carreteras que compré en Pretoria y que llevaba en mis riñones, entre la tienda de campaña y la caja de las pizzas, ha desertado. Menos mal que aún llevo en la mochila el mapa con el este de Sudáfrica lleno de señales de prohibido que me regalaran Miriam y Lola la noche que nos despedimos entre pollos y sidra en casa Mingo. Cuando estoy consultando el mapa para junto a mí el segundo de los coches con los que me he cruzado en toda la mañana, en él viaja un matrimonio mayor que me pregunta si estoy bien, el hombre se apea y consulta el mapa junto a mí, me pregunta por el viaje y me entrega su tarjeta por si necesito algo. Seguimos cada uno nuestros opuestos caminos y hora y media después estoy en la granja "Springbok" a 5 kilómetros de la frontera, montando por primera vez mi tienda de campaña a las puertas del Kalahari.
Posted on 09/24/2008 5:44 AM Comments (2)
September 1, 2008Enjaulado en PretoriaA pesar de aterrizar al alba del jueves 7 de agosto, el día entero se consumió en el intento de encontrarme con Lola. El fin de semana transcurrió igualmente rápido con las visitas a Soweto (acrónimo de South West Township y cuna de los líderes del Congreso Nacional Africano que lucharon contra el Apatheid como Walter Sisulu o Nelson Mandela) y The Humankind Cradle (la cuna de la humanidad), la madre de todas las Atapuercas. El lunes, Olga, nuestra anfitriona y cooperante de la Agencia Española de Cooperación Internacional, tenía que currar, así que Lola y un servidor habíamos planeado visitar el museo del Apartheid en Johannesburgo, pero una vez más, el día se esfumo entre gestiones varias; ella apañando su vuelta a Mozambique para el día siguiente y yo buscando una novia con un buen par de neumáticos que no anduviese detrás de un braguetazo con algún potentado europeo y estuviese dispuesta a dejarlo todo por echarse a los desiertos y las junglas a cambio de unos pocos euros. Y como siempre hay un roto para un descosido y las flechas de Cupido vuelan hasta los rincones más apartados, aquella mañana en la Meca de la Motocicleta, que así se llamaba el establecimiento en el que aquellos malandrines tenían prisionera a mi rocinanta Dulcinea, fue todo a una el verla, escuchar su precio y saber que terminaría a su grupa. Era una Suzuki tf 125, sí, sí, 125 esqueléticos centímetros cúbicos que habían de llevarme muy lejos de allí. Ella era parca y espartana, nada potente, con motor de dos tiempos, un modelo diseñado a principios de los setenta para los desplazamientos de granjeros y ganaderos por los campos que por no tener no tenía ni cuenta revoluciones, ni indicador del nivel de gasolina. Pero qué queréis, el amor es así, nada ciego: su precioso aire retro de scrambler, como esas Montesas que se veían por los pueblos de España en los tiempos de Naranjito, me entró enseguida por los ojos. Para aquellos a los que esto les suena a chino, mi montura es de las que se arranca sacando una palanca a la que hay que pegar una fuerte coz: contad a partir de ahora las que veais así, os doy diez euros por cada una. Lola actuó como testigo de nuestro compromiso y prometí volver al día siguiente con toda mi documentación para formalizar el enlace y que, pasados unos tres días necesarios para inscripciones y burocracias varias, me fuera entregada con una caja metálica instalada detrás del asiento, como esas que llevan los repartidores a domicilio, en la que pensaba transportar mi equipaje. Nada que ver pues con esas BMW GS 1200 que aquí se ven por todas partes, auténticas valquirias con un motor 10 veces más potente y un depósito de combustible tres veces mayor que te exime de andar cargando con bidones externos, entre otros pequeños detalles. Yo, infiel como soy por naturaleza, miro a estas últimas, aún no de reojo, con lascivia, fantaseando con montar algún día una máquina con semejantes atributos. Pero no por ello dejo de estar enamorado hasta las patas de mi pequeña geisha, ya que pobre uno se consuela queriendo creerse un romántico. Las jornadas siguientes las dediqué a recorrer Pretoria en busca del equipo necesario. En la ciudad de las jacarandas, que estallan de color violeta en octubre, cuando a este hemisferio llega la primavera, fui recopilando un bidón metálico de 10 litros para transportar gasolina, mapas a pesar de no saber aún hacia donde apuntar con el manillar, tienda de campaña, alfombra para perros del tamaño exacto del suelo de la anterior que la convertía en una verdadera jaima portátil (a punto estuve de comprar en un mercadillo una cachimba, pero dadas las carencias de espacio me tuve que conformar con fumarla una noche con dos chicas canadienses que cruzaban África con una a cuestas), saco de dormir,… El trabajo previo a la partida se completó con mi traslado al Blue Chilli, un albergue, en cuyo jardín planté mi jaima para comprobar que, por muy africanas que sean, las noches aquí no dejan de ser frías, y en estos días de invierno se alcanzan temperaturas por debajo de los 0 º C en algunos lugares como el desierto del Kalahari. Aunque soy devoto de la religión del humor, no pienso inmolarme y aparecer congelado en el desierto. La semana iba transcurriendo y mis adquisiciones llegando a su fin. El primer contratiempo aparece ese mismo viernes cuando me comunican de la Meca de la Motocicleta que los papeles de la moto no están listos y que ya no lo podrán estar hasta el lunes siguiente. Como un león enjaulado merodeo otro fin de semana por la ciudad, me corto el pelo, voy al cine (“Bella” y hace honor al nombre), paseo, mando emails, voy a la biblioteca municipal para preparar, aunque sólo sea algo, el viaje, compro boerewors (una salchicha grande que se asa en la parrilla o braai y que es, junto al rugby, el deporte nacional, heredado de los tiempos en que los primeros inmigrantes holandeses o boers –granjeros- se vieron empujados en sus carromatos hacia las tierras del interior por la segunda oleada conquistadora, esta vez ingleses a quienes por razones históricas les interesa más el comercio que la labranza). Los días en el Blue Chilli no están nada mal, aquello es un zoo: Katzuke, un chico japonés que se ha tomado un año para viajar por África y es mi único vecino de acampada en el jardín, lo mismo anda trasteando en su portátil de bolsillo que cocinando algo exótico; Soli, Colin, Serge y Spioson una simpática cuadrilla de currelas de Ciudad del Cabo que se acaban de hacer 1.500 kilómetros de una tacada en su furgoneta para instalar aquí unos paneles solares. El salón, con los juegos olímpicos en la tele encendida casi 24 horas al día es siempre, junto con la cocina de la que no está físicamente separada más que por una barra, el lugar más concurrido. Mi estancia en esta agitada pero apacible torre de babel es muy agradable pero mis ilusiones están puestas en la carretera, como todo converso tardío resulto ser un motero recalcitrante, impaciente por verse montado ya en su burra. Pocos lunes me habrán visto despertarme con tamaña ilusión, tanta que ni desayuno para estar bien pronto en el teléfono público de la gasolinera que hay a un par de manzanas del Blue Chilli. La ilusión se esfuma de un golpe otra vez cuando al otro lado del auricular vuelvo a escuchar una vieja y aburrida canción: los papeles de la moto no están listos todavía, estarán mañana. Hay que ser muy zen en África e intento encajar el golpe estoica y educadamente. En medio del subsiguiente aturdimiento mental decido sin más poner mis pasos rumbo a Johannesburgo para la visita al museo del Apartheid que había quedado pendiente, ahora hace justo una semana, con Lola. Voy con lo puesto y sin mapa, así que tras apearme del taxi-furgoneta en el centro de Jo´burg, echo a andar hacia el sur de la gran ciudad, donde, en algún lugar, se encuentra ese museo. Camino y camino, atravieso descampados y destartalados polígonos industriales, pregunto y vuelvo a preguntar para tropezar como animal bípedo que soy por segunda vez y media con la misma piedra. A pesar de lo apartado del lugar me escama tanta soledad y empiezo a barruntar lo peor, de pronto ¡zas!, el difuso deja – vu se hace carne delante de la verja del museo. Como en Santa Clara, volvía a ser lunes. Siguiendo sus propias escrituras, no sé en que primigenio instante a todos los museos del orbe les dio por descansar al octavo día. Igual que se me escaparon entonces en el centro de Cuba los huesos de Guevara, se me oculta ahora en Sudáfrica el espíritu de Mandela. Los de las compresas deberían hacer anuncios con esos días, muy habituales en mi caso, en los que te sientes tan tú, tan gilipollas, con toda tu estulticia, trabajosamente escondida en el sótano de tu cerebro para que nadie la vea, subiendo para que seas consciente de que sigue allí. En esos días lo mejor es agachar la cabeza y recogerse pronto. De vuelta en el Blue Chilli Katzuke me invita a cenar unas patatas rebozadas que aprendió a cocinar en Kenia, menos mal que entre los trotamundos también nos esperamos en casa. El martes, sin la llamada ritual de por medio, me planto en la Meca de la Motocicleta y cansado ya de que me reciten por enésima vez la misma sudra les digo que no estoy dispuesto a seguir malgastando mi tiempo, actitud ante la que finalmente se avienen a proporcionarme una matrícula temporal, válida para circular por un período máximo de tres meses. Firmo papel tras papel con tal entrega que hubiese firmado hasta mi sentencia de muerte y diez minutos después abandono por fin la maldita Meca de la Motocicleta escuchando el rugido de una trompetilla celestial con forma de tubo de escape.
Posted on 09/01/2008 7:50 AM Comments (0)
August 15, 20081ª ENTREGA AFRICANAEl 6 de agosto de 2008, a las 17:30 horas, salía desde Barajas el avión que debía llevarme hasta Johannesburgo, bueno, el primero de los dos que llevando precisamente la dirección opuesta, aterrizaría en Londres para empezar desde ya a hacer kilómetros y ahorrar monedas. El viaje, una tortura como siempre para alguien de 190 centímetros que no conoce ni conocerá la bussiness, tuvo sin embargo nada más empezar un regalo totalmente nuevo. En ese día caluroso, desde su cielo claro vi mi casa, el parque donde paseo al perro de mi tía y la cancha del Spartak de Manoteras con su terracita en la que, con un trina de limón y tapa de chorizo bien picante, me despedí la tarde anterior de Pepe "el calvo", vecino y amigo. Los casi 7 kilos de mochila vienen sobre la cinta a mi encuentro y, antes de zambullirnos en la desconocida pero prevista vorágine que nos espera tras el puesto de aduanas y la puerta de salida, toca parada en el aseo para una cepillada de dientes mañanera y un cambio de asmani chasma, que no es el nombre de ningún diseñador, pero sí como fueron bautizadas mis gafas azul cielo en India, pues no es cuestión de llevar el neón puesto desde el primer minuto del partido. Pertrechado con las lentillas empiezo a entrar en calor y el cansancio se esfuma cuando el tipo del puesto de información turística del aeropuerto me comunica que la única forma de llegar hasta el centro de Johannesburgo, Jo´burg como él y el resto la llaman por aquí, es en taxi, unos 200 rands mediante (20 euros aproximadamente). Es en ese momento cuando me doy cuenta de que ha sonado el silbato, empieza el partido y siento la felicidad del que vuelve a saborear un plato exquisito que hace más tiempo del que hubiera querido no probaba. Aunque aún no hay polvo, ya estoy en el camino. Por lo que se ve, no debo andar muy oxidado. El primer regate es de los buenos, de los que traen toda la fuerza del recién salido de los vestuarios. Decidido echo a andar por la madeja de carreteras que circunda todo aeropuerto que se precie y me topo con un grupo de negros (sí, de negros, no personas de color ni seres humanos con mucha melanina, negros), algunos con bultos, junto a 3 o 4 furgonetas estilo van. Le pregunto a un chico joven con 3 bolsas y me cuenta que estas no me llevan a Jo´burg, pero sí a Kempton, en dirección opuesta otra vez, donde podré montarme en alguna otra hasta mi destino. La furgoneta no tiene nada que envidiar a los autobuses que hacen la ruta Washington - New York, no a los subsidiados y sin embargo caros Greyhound claro está, sino a los baratos e ilegales que fletan los chinos entre las chinatowns de la capital americana y la gran manzana. Vuelta a las apretruras, pero esta vez en un viaje mucho más divertido, ambientado con música autóctona bien alta canturreada por la afición, ah, y unas 40 veces más barato de lo que me hubiera robado el taxista oficial de los guiris. Las monedas y billetes viajan también dentro del viaje, de mano en mano desde los asientos traseros hasta el conductor, de donde parte el cambio para hacer en sentido contrario el mismo recorrido. Mientras bajan unos y suben otros, el tiempo pasa volando, Timu, el chico al que abordé en "la parada", me enseña los libros que lleva en la bolsa de papel y me cuenta que los lee para instruirse por su cuenta; aunque sus ojos no la hayan leído, pienso para mí, seguro que comparte la consigna de aquel cartel, de los cientos que pueblan la isla de Cuba, en la carretera que une La Habana y Santa Clara, "la cultura te hace libre". Cuando llegamos a lo que parece una plantación de furgonetas, al bajar de la nuestra la bolsa de papel termina por ceder y Timu le deja sus cosas a una vendedora de fruta para acompañarme a averiguar cual de las cientos de furgonetas me acercará a Jo´burg. Él es muy agradable y como aún quedan 4 horas hasta que llegue el autobus de Maputo en el que viene mi amiga Lola, decido seguirle en su búsqueda de una bolsa nueva a través de los puestos callejeros y las tiendas de los chinos globoterráqueos. La elegida es una de plástico con el logo de Adidas, adjudicada por 50 rands (entre 4 y 5 euros). Cumplidas las efímeras misiones, nos despedimos a la puerta de mi taxi - furgoneta. Distinta furgoneta pero mismo ritual, billetes y monedas que viajan, gente que sube y baja... Esta vez el viaje termina en una concentración similar de estos omnipresentes vehículos que pitan por doquier a su paso para avisar a los transeuntes y potenciales viajeros, pero ahora más cercana a Johannesburgo y ya puedo divisar los edificios altos del centro de la única gran ciudad que, según el panfleto de la oficina de turismo, no se ha levantado a la orilla de un río, sino que vino a ser por la acumulación de seres humanos llegados para excavar minas en las entrañas de la tierra con más oro, que se sepa, de nuestro planeta. El resto de mi primer día en Sudáfrica transcurrió de quiebro en quiebro, hasta conseguir encontrarme, ya caída la noche, con Lola, cuyo autobús no llegó al punto en el que lo esperé durante casi 6 horas porque, al averiarse antes de abandonar Mozambique, tuvo su pasaje que ser rescatado por un segundo autobús vacío que, al parecer, tomó una ruta alternativa al adentrarse en Egoli, la ciudad del oro.
Posted on 08/15/2008 1:29 AM Comments (1)
August 12, 2006El dia que pise Manhattan o el ultimo de Mo "el Chupete"Venía por la acera de la 5ª avenida que discurre junto al Central Park - ¡Hey “Chupete”!, ¿cómo lo llevas tío?, ¿cuándo has salido? - ¿Qué pasa “Chupete”, cómo va la cosa?... Mo había nacido en el Bronx y desde el día en que No hacía ni una hora que la Grand Central Station me había parido P.D.: Por razones ajenas a mi voluntad resulta imposible colgar las
Posted on 08/12/2006 6:58 AM Comments (0)
July 5, 2006Ya estoy aquiiiiiiiiiiQuerida chavaleria: Se que cada dia acudis impacientes a este lugar para saber de mi. No desesperarse que ya estoy aqui. En primer lugar debo deciros que la falta de acentos y otros errores ortograficos se deben esta vez, ademas de a mi habitual impericia, al teclado anglosajon. De todas formas, no preocuparse que en vez de daros la tabarra os pondre fotitos que molan mas. Ademas, llevo aqui 10 dias y me parece que llegue hace 10 anyos y con mi velocidad al teclado necesitaria al menos otro par para narrarlo. De momento ahi van las primeras imagenes. Cuando mi secretaria me encuentre un hueco os cuento algo. Aqui la cosa va asin. Besos y feliz navidaz
Posted on 07/05/2006 12:07 AM Comments (1)
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